El entramado pesado de madera, con apoyos bien dimensionados y uniones tradicionales reforzadas cuando es necesario, facilita el control visual de fisuras y la ventilación de piezas. Las cubiertas de tablillas de alerce se reemplazan por paños, sin andamiajes heroicos. Talleres locales cortan y ensamblan con precisión suficiente, evitando soluciones opacas. La belleza aparece en la lógica estructural, donde cada encuentro habla de esfuerzos, agua desviada a tiempo y maderas que respiran sin apuro.
Revoques de cal aérea y morteros de tierra estabilizada regulan humedad, reducen condensaciones y aceptan reparaciones parciales. En climas alpinos con inviernos fríos y veranos húmedos, su capacidad higroscópica evita extremos incómodos. No requieren membranas complejas si los detalles son correctos: goterones bien resueltos, zócalos capilares controlados, cornisas generosas. Su acabado mate y mineral envejece con dignidad, recordando que un muro sano se reconoce por cómo exhala, no por brillar.
La piedra colocada en seco construye muros drenantes, bancales y zócalos que toleran movimientos leves sin agrietar revocos. Sobre ellos, cubiertas de pizarra, shingle de madera o paja trenzada resuelven pendientes fuertes y nevadas copiosas. Son sistemas readaptables: cambias la hilera más castigada y continúas. La clave está en la geometría del agua, en aceptar mantenimiento periódico y en celebrar que un edificio vivo no oculta sus canas, sino que aprende a peinarlas.